Ecología de Piura

Piura podría definirse como un inmenso pedazo de desierto rodeado por un mar rico y diverso, hacia el oeste, y montañas pobladas por bosques, hacia el este. Ese desierto se conoce con el nombre de Sechura y es el de mayor superficie en el territorio nacional.

Su relieve está compuesto principalmente de quebradas secas que se transforman en furiosos cauces con la llegada ocasional de las lluvias. Son más estrechas y profundas hacia el norte del departamento, y ganan amplitud en la zona sur, donde se ubican los valles del Chira y el Piura, los grandes ríos que recorren este territorio.

El de Piura es un mundo de dunas de arena finísima que galopan por el desierto, como esquivando los bosquecillos de algarrobo y sapote; de terrazas fluviales, denominadas sillas o tablazos, que parecen haber sido cortadas a tajo y colocadas dominando la costa; de playas hermosas y un mar azul y noble como pocos, en el que se funden las aguas frías provenientes del sur y las cálidas y tropicales llegadas del norte.

En su costa se encuentran también algunos extremos notables: la mayor depresión de la costa peruana, la de Bayóvar, con 37 metros bajo el nivel del mar; y uno de los macizos costeros de mayor altura, el cerro Illescas, que se eleva a más de 700 metros de las aguas.

Ecología de Piura

Gran parte de la superficie del departamento se encuentra cubierta de densos bosques, denominados secos por los expertos debido a que soportan un régimen de humedad extremo, mar cado por una breve estación lluviosa y una larga temporada de sequía (que se prolonga hasta por nueve meses cada año).

Para los ecólogos, los bosques secos se comparan a vitrinas naturales donde las criaturas han debido adaptarse a condiciones propias del desierto, pero alteradas sutilmente por una breve estación de lluvias que hace su aparición durante el verano. Aquí las plantas han debido aprender a vivir de la oportunidad. Qué mejor ejemplo que los grandes ceibos de corteza verde como las esmeraldas, aquellos que dominan el bosque como vigías de la espesura y que almacenan agua en sus gruesos troncos para sobrevivir a lo largo de los interminables períodos de sequía.

Ésta es también la tierra de los algarrobos, aquellos árboles milagrosos que se ofrecen para casi todo lo que la imaginación pueda vislumbrar: sus frutos, alimento para el hombre y sus animales; su madera, para la construcción, y su generosa sombra, para guarecerse del sol inclemente del desierto. Acompañan a este gigante natural los hualtacos y guayacanes, árboles de madera dura y valiosa que fueron conocidos y aprovechados por el hombre desde hace más de dos mil años y que hoy se enfrentan al peligro de la extinción por un uso desmedido y apremiante.

En medio de la aparente uniformidad del chaparral, donde los arbustos espinosos y las barbas de salvajina cuelgan de cuanta rama está disponible, las flores hacen su aparición dándole un toque de belleza a la austeridad del bosque seco: amarillas son las flores de overol, rojas las del porotillo, moradas las del rastrero papelillo y rosadas las de la borrachera, aquella planta que seduce e intoxica al ganado hasta sumergirlo en un torbellino mortal.

El bosque seco es también el refugio de singulares especies animales, algunas raras y esquivas, como la pava aliblanca y otras frecuentes, pero no por ello menos atractivas, como el oso hormiguero tamandúa, la ardilla de nuca blanca, las iguanas y el venado de cola blanca.

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